Siempre me ha gustado como actriz. Dado el tipo d películas que hace Isabel Coixet, pienso que sólo un buen actor sabe darle al papel el toque justo de melodramatismo para que no se haga empalagoso y excesivamente azucarado como si de cualquier americanada se tratase. Y eso no sólo se consigue con un buen guión y con una buena dirección, sino que necesitas a un buen actor. Y esto es lo que creo que es Sarah Polley, así que no voy a negar que me he sentado a ver la película predispuesta en favor de esta mujer. Debilidades que tiene una.
En fin, una vez vista y en parte analizada, puedo darle una buena nota sin que saque una matrícula de honor. Si alguien me hubiera puesto esta película y yo no hubiera sabido por quién está escrita y dirigida, hubiera dicho que era de la Coixet. El tipo de escenario, el tema, esa capacidad de los actores para expresar tanto en los silencios más absolutos, el cielo gris constante, la melancolía y un tema actual, que desgarra por lo cercano y que duele aunque tú no lo tengas.
Pero claro, es Polley, no Coixet, así que también ha conseguido crear algo diferente con algo de sello personal. No negaré que hay cosas que me han gustado más que otras. A veces, por muy pendiente que estuviera de la película, me he perdido en los primeros flashback y me ha costado ubicarme, pero esto es como todo, tiene ritmo propio. Por suerte y como todos los buenos ritmos, de nada sirve que intentes captarlo, tienes que dejar que te invada. Una vez bajas las defensas y lo dejas entrar, te arrastra y no te suelta hasta el final, hasta tal punto que, cuando la película ha terminado, tenía la sensación de que se me había quedado corta.
De todas formas no todo va a ser bueno. El final me ha parecido demasiado tajante y, como ya he comentado, el ritmo, a veces, es difícil de coger.
Ojalá hubiera más Polleys, Coixets, Deepas y miles de mujeres que con su arte, su palabra y su imagen nos inyectaran un poco de dulzura y de realidad. Porque aunque la vida está teñida por cientos de pequeñas tragedias y enfermedades como el Alzehimer sea una de ellas, toda situación tiene su contraste y uno no vive perpetuamente desgarrado por el dolor. La vida, como el teatro, tiene su principio y su final, su momento de risa y su momento de llanto. Y los dos, cuando llegan, nos enseñan y nos acarician para seguir cuidándonos.
